
El 4 de septiembre, la memoria, de la santa Eulalia de Barcelona.
En este día, la liturgia en Catedral de Barcelona a las 9:00
El más amplio y desarrollado es el ciclo litúrgico anual. Lo componen dos tipos de festividades: las fijas y las movibles. Las primeras son fijas para un día del año concreto, las otras dependen de la fecha de la Pascua, que se celebra cada año según un calendario solar y lunar bien delimitado.
El año litúrgico comienza el 1 (14) de septiembre (entre paréntesis se muestran las fechas según el calendario nuevo). En la iglesia se celebra el año nuevo en este día. De todas las demás solemnidades, se destacan las 12 más importantes:
8 (21) de septiembre: la Natividad de la Santa Virgen María, Madre de Dios, solemnidad en honor del milagroso nacimiento de la siempre Virgen María de sus ancianos padres, san Joaquín y santa Ana. Festividad que se celebra desde el siglo V.
14 (27) de septiembre: se conmemora la Exaltación de la Cruz. Para este día, la Iglesia prescribe el ayuno severo. La festividad está dedicada a los acontecimientos del siglo IV, cuando santa Elena -considerada “igual a los apóstoles”- encontró en Jerusalén la Cruz del Señor. En este día, en el templo se celebra un rito especial de adoración de la Cruz.
1 (14) de octubre: la Protección de la Virgen María. Esta festividad no se incluye en el ciclo de las doce festividades más importantes, pero se la considera “grande”. En el siglo X, durante el asedio de Costantinopla por los sarracenos (musulmanes), el loco de Dios Andrei -durante la vigilia nocturna- vio a la santísima Virgen María extender su omoforión (manto que cubre la cabeza y los hombros) sobre los cristianos. La visión infundió valor a los griegos, y el enemigo fue rechazado. Los cristianos piden a la Virgen María que los defienda con su Manto-Protección.
Del ciclo de las doce festividades también forma parte la Presentación de la Virgen María en el templo, fiesta que refiere el momento en que los padres de María llevaron a su hija de tres años al templo de Jerusalén para dedicarla desde entonces plenamente a Dios. En este día, en los cantos litúrgicos se recuerda con mayor frecuencia la inminente festividad de la Natividad de Cristo. Los primeros vestigios de la festividad de la Presentación de la Virgen María en el templo proceden del siglo VII, y la fiesta como tal se celebra el 21 de noviembre (4 de diciembre).
El 15 (28) de noviembre se inicia el ayuno navideño, que precede a la más importante festividad de las consideradas fijas: la Natividad y el Bautismo del Señor. En la antigüedad, ambos acontecimientos se conmemoraban juntos; hasta hoy han conservado muchas cosas en común en la celebración litúrgica y se unen entre ellos a través de un tiempo particular al que se denomina “Sviatki” (“días santos”). El nombre antiguo de estas dos fiestas es Epifanía, porque conmemoran el nacimiento de Cristo de la Virgen María y su bautismo por Juan el Bautista en las aguas del Jordán, y los cristianos festejan la venida de Dios al mundo, la venida de Dios que quiere salvar al hombre. Después de que las dos festividades fueran divididas, sólo el Bautismo del Señor recibe el nombre de Epifanía, ya que fue durante el bautismo de Jesús cuando se produjo la revelación de la Santísima Trinidad: la voz del Padre dando testimonio del Hijo, el Hijo sumergiéndose en las aguas del Jordán y el Espíritu Santo en forma de paloma descendiendo sobre Él. La festividad de la Natividad de Cristo se conmemora desde el siglo III.
25 de diciembre (7 de enero): la Natividad de Cristo, y 6 (19) de enero: el Bautismo del Señor (Epifanía). En estos días se hace una celebración mucho más solemne que en las otras fiestas fijas. En la vigilia de ambas festividades se conmemoran dos días especiales: la Vigilia de Navidad y la Vigilia de Epifanía, para las cuales se prescribe un ayuno muy severo y sólo se puede comer socivo (grano con miel). En cambio, durante los días que hay entre las dos festividades -durante los Sviatki- se suspende el ayuno.
En este período se conmemora también una gran fiesta: la Circuncisión del Señor, el 1 (14) de enero.
2 (15) de febrero: la Presentación del Señor. Este acontecimiento se describe en el evangelio de Lucas (2,21-39). La siempre Virgen María y José, el justo, llevaron al Niño Jesús, a los 40 días de su nacimiento, al templo de Jerusalén. Allí se encontraron con Simeón, un anciano justo y piadoso, al cual Dios le había prometido que no moriría antes de ver al Mesías. Simeón tomó en sus brazos al niño y pronunció unas palabras que hoy se han convertido en oración (canto fijo de las vísperas): “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz…”. La fiesta se conoce desde el siglo III.
La Anunciación a la Virgen María se festeja el 25 de marzo (7 de abril). En el evangelio de Lucas se narra que el arcángel Gabriel se apareció a la Virgen con el anuncio de que había sido elegida como Madre del Hijo de Dios, cuya concepción sería obra del Espíritu Santo. La Virgen María aceptó con humildad la voluntad de Dios. En la antigüedad, esta fiesta recibía el nombre de Día de la Encarnación. San Juan Crisóstomo la llamaba la “raíz de las fiestas”.
Entre las grandes festividades tenemos aún la Natividad de Juan el Bautista, que se festeja el 24 de junio (7 de julio) y el día de la memoria de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el 29 de junio (12 de julio). También a esta última festividad le precede el ayuno, llamado ayuno de Pedro. Conviene recordar en este momento que cada día la Iglesia festeja la memoria de algún santo, pero como día de esta memoria se considera el de su santa muerte o bien cuando se consiguieron sus reliquias. La iglesia festeja como días de nacimiento sólo el de Cristo, el de su Madre siempre Virgen y el de Juan, el Precursor.
El 1 (14) de agosto se inicia el ayuno que precede a la Asunción, y el 6 (19) de agosto se festeja la Trasfiguración del Señor. Se conmemora el relato evangélico en el que Cristo, tomando consigo a los apóstoles Pedro, Juan y Santiago, subió a lo alto del monte Tabor y se transfiguró ante sus ojos, mostrándoles su gloria divina. En este día se bendice en el templo la fruta que ya está madura (en la tradición rusa son las manzanas). La festividad de la Trasfiguración del Señor se conoce desde el siglo IV.
La última festividad del ciclo de las doce del año litúrgico es la Asunción de la Santísima Virgen María, que se conmemora el 15 (28) de agosto. Ya en el siglo IV este día era conmemorado por todos. La muerte de la Virgen fue silenciosa y clara. La Iglesia le ha dado el nombre de dormición (Dormitio). La Madre de Dios fue sepultada por los apóstoles en el jardín de Getsemaní. El apóstol santo Tomás no estuvo presente en aquel momento y cuando, tres días después, volvió a Jerusalén, como no había podido despedirse de la Virgen, abrieron sólo para él la tumba y la encontraron vacía. La tradición de la Iglesia atestigua que la Virgen María fue llevada en cuerpo y alma por su Divino Hijo al Cielo. Ahora la Madre de Dios se ha convertido en la Reina del Cielo y ruega ante el trono de Dios por toda la humanidad.
El 29 de agosto (11 de septiembre) se conmemora la última de las grandes festividades: la Decapitación de Juan el Precursor. Juan el Bautista fue muerto durante un banquete en honor del cumpleaños de Herodes, tetrarca de Galilea. La celebración de este día tiene una especial concentración: es un día de ayuno severo. Como día especial, la Decapitación de Juan Bautista ya era conmemorada por sus discípulos.
Cuando un cristiano occidental entra en el templo ortodoxo para la Liturgia Divina se encuentra en otro mundo.
Al principio, entra en la iglesia, cuya forma, decoración y ornamentos no sólo están sometidos a una tradición, sino que también tienen un significado propio. Tras haber pasado por el nártex, se encuentra en la nave, que no tiene la forma rectangular a la que está habituado, sino la del cuadrado, y que está completamente vacía, a excepción de algunos asientos, destinados a los enfermos y débiles. Alza la cabeza y allí está el Cristo Pantocrátor, que lo mira con majestad desde lo alto de la cúpula central. Alrededor del tambor que sostiene la cúpula están los profetas, los apóstoles, los confesores semejantes a los ángeles, y en las bóvedas en torno a la cúpula se encuentran los querubines y serafines, los cuatro evangelistas y algunas escenas de la vida de Cristo; de ellas suelen surgir las escenas que se recuerdan en los calendarios litúrgicos. Más abajo, sobre los muros, vemos las figuras de monjes y ascetas, de mártires, confesores y maestros; la hilera de los santos es como un marco que envolviera a toda la asamblea orante.
Detrás, en el muro occidental de la nave, se presenta la Asunción de la Virgen María (la Dormición); en el muro oriental, en cambio, se alza una barrera, adornada de iconos: el iconostasio, que separa la nave del santuario. Esta barrera puede ser baja o también llegar hasta el arco. En el centro se encuentra una puerta con dos hojas; a los lados, otras dos puertas con una sola hoja. Sobre el iconostasio alto suelen reproducirse los ornamentos de la nave, pintados al fresco o hechos en mosaico. A la derecha de la puerta central de dos hojas, también llamada “puertas santas”, se encuentra la imagen del Cristo Pantocrátor; a la izquierda, la de la Virgen María con el Niño. Sobre las puertas santas se reproduce la Anunciación, y sobre las dos puertas laterales de una sola hoja, llamadas también “septentrional” y “meridional”, los arcángeles Miguel y Gabriel o bien los santos diáconos. Directamente encima de las puertas santas se reproduce la Última Cena. La segunda fila de iconos (u orden de las festividades) está formada por los iconos que representan acciones salvíficas de Cristo en su vida terrenal, en los que se recuerdan las más importantes festividades del calendario litúrgico. Sobre ellos, en la tercera fila (u orden de la Déesis), se representan los apóstoles, vueltos -en actitud de oración- hacia el centro, donde aparece Cristo sentado en el trono y, a sus lados, los dos principales intercesores de la humanidad: la Virgen María y Juan el Bautista. A veces existe una cuarta fila (u orden de los profetas) en la que se encuentran los profetas, situados a ambos lados de la Virgen con el Niño, y todo el iconostasio abraza la cruz con la imagen pintada del Señor crucificado (en el templo no hay imágenes tridimensionales) con la Virgen María y el apóstol Juan a sus lados.
Cuando las puertas santas están abiertas, en el centro del santuario (que habitualmente tiene forma de ábside semicircular), los que están allí rezando pueden ver el altar, ricamente adornado, de forma cúbica; sobre él se encuentra la cruz, los lampadarios y el arca, muchas veces con forma de templo, en el que se preserva el pan consagrado durante la Eucaristía. Se pueden observar también las pinturas del santuario. En la parte más baja, dos filas de obispos, revestidos para la liturgia y vueltos hacia el altar. Sobre ellos, Cristo dando la comunión a los apóstoles: con una mano distribuye el pan consagrado y con la otra da el cáliz. Desde la cúpula semiesférica del ábside, por encima del santuario, la Virgen mira hacia la nave (su imagen puede verse muchas veces desde la misma nave, por encima del iconostasio). Pero quienes están allí rezando probablemente no verán el otro altar sobre el que se preparan el pan y el vino eucarísticos, cuyo acceso se abre a través de la puerta septentrional del iconostasio. Tampoco verán las pinturas que hay encima, que representan el nacimiento, la muerte y la sepultura de Cristo. Ni podrán ver la parte meridional del ábside, que sirve de sacristía.
Un típico templo ortodoxo, con todas sus lámparas y velas y el olor del incienso que lo penetra todo, se diferencia mucho de la atmósfera de la celebración a la cual está habituado un hombre occidental. El templo es algo más que un lugar donde se reune una asamblea en oración: es la imagen del cielo sobre la tierra. Si las partes bajas de la nave presentan el mundo visible, la cúpula, y también mucho más la parte en la que se encuentra el santuario, son símbolos del cielo, donde los ángeles, los arcángeles y todas las fuerzas celestiales rinden culto al Dios Trino y Uno. El cristiano occidental observa que el templo ortodoxo suscita en él un santo temor; los ortodoxos, sin embargo, se sienten en él más a gusto que el cristiano occidental en el suyo, cuya disposición es más sencilla. Cuando los ortodoxos entran en el templo, dan una vuelta alrededor de él, besan los iconos, encienden velas ante ellos, rezan. Pueden llevar hasta la puerta septentrional del iconostasio un pequeño pan de forma redonda, llamado “prosfora”, es decir, “ofrenda”, y dárselo al diácono o ministro junto con una lista donde se recuerda a los vivos y a los muertos. La atmósfera en el templo ortodoxo está llena de devoción, pero al mismo tiempo no es formal, sobre todo gracias a que en estos templos no hay bancos puestos en batallón. Una disposición de ese tipo raramente se encuentra en las iglesias occidentales, en las que suele haber bancos o sillas.

San Serafín nació en el año 1759, con el nombre de Prójor Moshnin en la ciudad Kursk en una familia de comerciantes. Cuando tenia 10 años se enfermó gravemente y en un sueño se le apareció la Madre de Dios, que prometió sanarlo. Pocos días después en Kursk se hizo una procesión con el icono milagroso de Nuestra Señora de Kursk. Debido al mal tiempo la procesión tomó un camino más corto que pasaba cerca de la casa de los Moshnin. Después de que la madre de Prójor haya apoyado el icono sobre la cabeza de su hijo enfermo, éste se empezó a curar rápidamente. Durante su adolescencia, el muchacho tenía que ayudar a sus padres en el negocio, pero el comercio no lo atraía. Al joven le gustaba leer vidas de santos, ir a la iglesia y orar en soledad.
A 18 años Prójor decidió hacerse monje. Su madre lo bendijo con un gran crucifijo de bronce, que el santo empezó a llevar siempre sobre su hábito. San Serafín entró en el convento de Sarov como novicio.
Desde su primer día en el convento, su vida se destacó por una extraordinaria moderación en la comida y en el sueño. Esto constituyó una característica de toda su vida. Comía poco y sólo una vez por día. Los miércoles y los viernes directamente se abstenía de comer. Después de pedirle la bendición a su starez, empezó a irse a menudo al bosque para orar y pensar en Dios. Poco después se enfermó gravemente de nuevo y por tres años tuvo que permanecer acostado la mayor parte del tiempo.
Y de nuevo lo sanó la Santísima Virgen María, Quien se le apareció, acompañada de algunos santos. Luego Ella señaló al enfermo y le dijo al apóstol Juan el Teólogo: “Este es de nuestra especie.” Luego tocó con Su cetro el costado del enfermo y lo sanó.
Su consagración monástica, con el nombre de Serafín, tuvo lugar en el año 1786 (a los 27 años). El nombre Serafín en hebreo significa “ardiente, lleno de fuego.” Poco después fue consagrado como hierodiácono (diácono monje). El justificaba su nombre con sus ardientes oraciones y pasaba todo el tiempo (salvo mínimos descansos) en el templo. Durante estos esfuerzos de oraciones y servicios religiosos, san Serafín fue honrado de ver a ángeles, que cantaban y cooficiaban en el templo. Un Jueves Santo, durante la Liturgia él contempló al Mismo Señor Jesucristo en la forma de Hijo de Hombre, Quien entraba en el templo junto con huestes celestiales y bendecía a los fieles que oraban. Paralizado por esta visión el santo no pudo hablar por mucho tiempo.
En el año 1793, san Serafín fue consagrado hieromonje (monje sacerdote) y por el transcurso de un año ofició Misa y tomó la Comunión todos los días. Luego san Serafín comenzó a alejarse a su “lejano desierto,” en la profundidad del bosque, a 5 kilómetros del monasterio de Sarov. Llegó ahí a un gran perfeccionamiento espiritual. Animales salvajes como osos, liebres, lobos, zorros y otros venían a la morada del ermitaño. Una monja anciana, Matrona Pleshcheev del monasterio de Diveevo, vio personalmente como san Serafín alimentaba con sus manos a un oso que se le acercó. “El rostro del starez en aquel momento era luminoso y radiante como el de un Angel” - contaba ella. Mientras vivía en su ermita del bosque, san Serafín fue duramente atacado por unos ladrones. Siendo físicamente fuerte y con un hacha en las manos, san Serafín no se defendió. Ellos reclamaban dinero, pero él puso su hacha en la tierra, cruzó los brazos sobre su pecho y se entregó mansamente. Ellos lo empezaron a golpear en la cabeza con la madera de su propia hacha hasta que la sangre empezó a correr de su boca y oídos y cayó desmayado. Ellos continuaron golpeándolo con un tronco, lo pisaban y lo arrastraban por el suelo. El único tesoro que los bandidos encontraron en su celda era el icono de Nuestra Señora del Enternecimiento (Umilenie), ante el cual él siempre oraba. Cuando estos malhechores fueron prendidos y juzgados, el santo intercedió por ellos ante el juez. Después de los golpes recibidos, san Serafín quedó encorvado para toda su vida.
Poco después san Serafín comenzó un período en el que empezó a pasar los días rezando sobre una piedra cerca de su ermita y las noches en lo espeso del bosque. Él rezaba casi sin interrupción con los brazos levantados hacia el cielo. Esta hazaña espiritual la llevó a cabo por mil días.
Al final de su vida, tras una visión especial de la Madre de Dios, san Serafín asumió la tarea de ser starez y empezó a atender a todos los que venían buscando su consejo y dirección espiritual. Miles de visitantes de diferentes clases sociales venían a verlo y él los enriquecía con sus tesoros espirituales adquiridos durante muchos años de trabajo. Todos lo veían alegre, manso, cordial, meditabundo y con el alma abierta. A la gente le decía, a modo de saludo, “Alegría mía.” A muchos aconsejaba: “Busca lograr tener el espíritu en paz y miles se salvarán a tu alrededor.” Saludaba a todos sus visitantes, inclinándose hasta el suelo, los bendecía y les besaba las manos. No hacía falta contarle las preocupaciones pues el starez sabía lo que cada persona tenía en su alma. También decía: “Ser alegre no es un pecado, pues la alegría aleja el cansancio, que causa el desaliento, y esto es lo peor.”
A un monje le decía una vez: “Si tú supieras que alegría, que dulzura espera al alma del justo en el cielo, aceptarías todas las penas, las persecuciones y las calumnias agradecido. Hasta si esta misma celda estuviera llena de gusanos y estos comieran nuestro cuerpo durante toda la vida, uno debería aceptar todo esto con ganas, para no ser privado de la alegría celestial que preparó Dios para los que Lo aman.”
Motovilov, un discípulo cercano y venerador de san Serafín, fue testigo de la milagrosa transfiguración de su rostro. Esto pasó en el bosque durante el sombrío invierno. Era un día nublado, Motovilov estaba sentado sobre un tronco y san Serafín se encontraba frente a él en cuclillas y hablaba sobre el sentido de la vida cristiana y explicaba para que vivimos nosotros, los cristianos, en la tierra:
“Es necesario, que el Espíritu Santo entre en el corazón. Todo lo bueno que hacemos por Cristo nos da el Espíritu Santo, pero sobre todo la oración, que está siempre a nuestro alcance.”
“Padre - le contestó Motovilov - ¿cómo puedo ver yo la Gracia del Espíritu Santo y saber si está conmigo o no?” San Serafín le dio ejemplos de la vida de santos y apóstoles, pero Motovilov seguía sin entender. Entonces el starez lo tomó fuerte del hombro y le dijo: “Ambos estamos ahora en el Espíritu de Dios.” Motovilov sintió como que se le abrieron los ojos y vio que el rostro del santo era más luminoso que el sol. En su corazón Motovilov sentía alegría y silencio, su cuerpo percibía un calor como si fuera verano y alrededor de ambos se sentía un perfume agradable. Motovilov se asustó por este cambio milagroso, principalmente por la luminosidad del rostro del Santo. Pero san Serafín le dijo: “No tema, padre, Usted no podría ni siquiera verme, de no estar también en la plenitud del Espíritu Santo. Agradézcale al Señor por Su benevolencia hacia nosotros.”
Así Motovilov entendió con su mente y corazón lo que significa el descenso del Espíritu Santo y como trasforma El a un hombre.
La Iglesia recuerda a San Serafín el 15 de enero y 1 de agosto.

La escena de la Anunciación se encuentra en el Evangelio de Lucas (1,26-38). El arcángel Gabriel se le apareció a la Virgen Maria y le trajo la buena noticia. “María respondió al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. La Anunciación y la Inmaculada Concepción son acontecimientos tan extraordinarios, que muchos tratados se han dedicado a ellos. En el curso de los siglos también se ha desarrollado la iconografía de la Anunciación. La iconografía no preve una narración detallada. La imagen transmite solamente la esencia del acontecimiento llamada con una sola palabra: Anunciación.
Una de las imágenes más antiguas de la Anunciación es el icono conocido como “la Anunciación de Ustiug”, pintado en la primera mitad del siglo XII en Novgorod.
«La Anunciación de Ustiug» es uno de las variantes más concisas de esta imagen. En ella no hay detalles secundarios. El arcángel Gabriel se dirige a la Virgen Maria. Su actitud es estática y equilibrada. Del final del manto (echado sobre los hombros) pende una pequeña piedra, y los bien definidos pliegues verticales refuerzan la expresión de paz. Maria, vestida con un omophorion (túnica) de color rojo vino y un manto (chiton) de color azul oscuro, escucha al arcángel. Su expresión expresa el consentimiento. La Anunciación ha sorprendido a la Virgen Maria durante el trabajo: en la mano izquierda sostiene un ovillo de lana, cuyo hilo cuelga de la mano derecha. Con la mano cubre amorosamente la pequeña figura transparente del Niño, que aparece sobre el fondo oscuro: ¡estamos viendo la misma Encarnación de Dios! Sobre el arcángel y la Virgen, en un semicírculo azul, aparece en un trono rojo el “Anciano de los tiempos”, la imagen con la que Dios se le aparece al profeta Daniel en una de sus visiones (Dan 7,9). De la mano con la que bendice se despliega hacia el Virgen Maria un sutil rayo azul. En la antigua Rus, otra iconografía de la Anunciación, llena de dinámica y movimiento, gozó de una popularidad aún mayor. El arcángel se dirige a la Virgen en un impulso impetuoso. Los dedos de su mano derecha, dirigidos hacia Maria, están representadas en el gesto de bendecir. Casi oímos la voz del arcángel: “¡Llena de gracia! ¡El Señor está contigo!”. Por la sorpresa, Maria se sobresalta bruscamente, perdiendo el huso. Su expresión manifiesta a la vez miedo, sorpresa, atención y, por último, aceptación de la buena noticia. Del cielo, como un rayo, desciende sobre la Virgen el Espíritu Santo en forma de paloma. El gran misterio de la Inmaculada Concepción se realiza delante de nuestros ojos.
La actitud del Virgen Maria, el color de sus vestidos y el de los edificios, los moldes quebrados de la arquitectura expresan claramente el drama del acontecimiento milagroso. El edificio representado al fondo muestra que la acción ocurre en casa, en la habitación. Y la Virgen misma se convierte en la morada que lleva a Dios: se inicia la encarnación de Dios en forma humana. Confrontemos ahora con los iconos rusos el fresco de la Anunciación de la Iglesia de San Francisco de Arezzo, realizado por el pintor italiano Piero della Francesca (alrededor de 1420-1492). El ángel que lleva la buena noticia se le aparece a la Virgen delante de la casa. Por la forma en que fue representada, esta casa provocó la admiración de los contemporáneos: proporciones bellísimas, arquitectura grandiosa, luminosidad de la perspectiva. El espacio representado sobre la superficie de la pared de la iglesia es muy parecido a un verdadero espacio tridimensional. Dios Padre, bajado hasta el nivel “del segundo piso” de la casa, cubre a la Virgen con su sombra. El colorido del fresco es muy rico, el conjunto de los colores suscita un fuerte efecto emocional. La Anunciación está representada de forma tan realista que parece un hecho casi cotidiano, terrenal. Lo que no es representable, lo que sólo se puede representar con símbolos, aquí está realizado con osadía. Se representa nada menos que a aquel “que nadie ha visto nunca…”. Piero della Franscesca es un gran pintor del alto Renacimiento, un brillante maestro del arte realista europeo. Un arte que ha aprendido a “acercar a la tierra” también lo que es celeste, y se ha atrevido a representarlo. No tenemos que pensar, sin embargo, que la cultura y el arte europeo de aquel tiempo sean “inferiores” o “peores” que la cultura y el arte ruso. Son culturas diferentes.

El 17 de enero 2010 ha muerto el sacerdote de la iglesia Búlgara en Barcelona, padre Juan Bonev. Memoria eterna.

Durante el último día de su estancia en Barcelona, el arzobispo Inocencio de Corsún celebró la Sagrada Liturgia en el templo de la Iglesia Ortodoxa Rusa de Barcelona. Después de la liturgia, en su homilía, afirmó que la comunidad de feligreses de Barcelona va creciendo y recordó que todos los ortodoxos que viven lejos de su país deben recordar y honorar sus tradiciones, su cultura y su fe.
Durante la bebida del te, que siempre tiene lugar después de la escuela de actividades de cada domingo, los asistentes tuvieron la posibilidad de dialogar personalmente con el arzobispo


Hace aproximadamente un año, en la ciudad de Girona, a iniciativa de los parroquianos, se organizaron unas misas ortodoxas. Con una frecuencia de dos veces al mes, la misa es oficiada por el arcipreste Georgui. El pasado día 20 de noviembre en la ciudad de Girona ofició la Sagrada Liturgia el arzobispo Inocencio.